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Mejor hoy: Cómo utilizar la inteligencia emocional para combatir la procrastinación


Llega el viernes por la tarde y empiezas a repasar qué tal ha ido la semana. El lunes te veías con energía y creías que lograrías cumplir con tus objetivos y finalizar todo lo que tenías pendiente desde hace semanas. Sin embargo, te das cuenta de que los compromisos no finalizados se van acumulando hasta formar una montaña cuya cima se va haciendo cada vez más difícil de culminar. El haber ido posponiendo tareas y dejar su finalización para el último minuto te ha vuelto a pasar factura creándote una sensación de incompetencia mezclada con estrés.


El acto de procrastinar es algo habitual independientemente del tipo de tareas y del esfuerzo requerido para las mismas. Seguro que muchas personas se están viendo ahora reflejadas en esta introducción. Para explicar la procrastinación y encontrar estrategias para prevenirla hay que tener en cuenta varios factores que la provocan, entre ellos la falta de motivación, la dificultad para manejar el tiempo, el miedo al fracaso, o la falta de habilidad para regular las emociones. En este artículo, repasaremos este último factor, atendiendo a cómo las competencias de inteligencia emocional pueden ayudarnos a prevenir este obstáculo.



La base para una eficaz prevención de la procrastinación está en prestar atención a los pensamientos, emociones, y conductas que contribuyen a esta inclinación de posponer tareas, y ser consciente de las pautas que precipitan esta actitud. Es aquí donde nuestra autoconciencia entra en juego, contribuyendo a dilucidar las posibles causas que hay detrás. De esta manera, podemos intervenir antes de que caigamos en este hábito. ¿Qué pensamientos se asocian a nuestra conducta de procrastinación? ¿Qué sentimos en esos momentos? ¿Qué otras conductas relacionadas aparecen?


Una vez que somos conscientes de los factores que nos predisponen a procrastinar, es el momento de hacer uso de una segunda competencia emocional, que es la autorregulación o la capacidad de gestionar nuestras emociones y ejecutar acciones que favorezcan nuestro bienestar. En este caso, nuestro principal objetivo es mantenernos focalizados en las tareas que queremos terminar. En este sentido podemos mencionar estrategias tales como dividir tareas largas en pequeños pasos más digeribles, hacer pausas cortas entre sesiones cronometradas de trabajo, y dividir tareas en función de la prioridad. También es importante abordar posibles emociones negativas asociadas a la procrastinación, como el miedo al fracaso o la ansiedad, a través de técnicas de relajación.


Por supuesto, la motivación intrínseca juega un papel fundamental en nuestra lucha contra la procrastinación. Cuando lo que hacemos no guarda relación con nuestro valores y objetivos personales, la probabilidad de posponerlas aumenta. Por ello, debemos hacer el esfuerzo de alineas las tareas que tenemos que completar con aquello que nos impulsa y motiva a seguir adelante. Así mismo, conviene localizar y enfocarse en aquellos aspectos más gratificantes de determinada tarea y visualizar los logros asociados a su finalización. Además, hay que permitirse cierto grado de control y autonomía cuando realizamos un trabajo en el sentido de poder elegir la forma en la que abordamos un problema a resolver.



¿Y cómo se puede utilizar la empatía para reducir la procrastinación? Por un lado, debemos aplicar empatía hacia nosotros mismos practicando la auto-compasión. Es decir, en lugar de castigarse y sentirse culpable por procrastinar, debemos tratarnos con amabilidad y comprensión, reconociendo los desafíos a los que nos enfrentamos. Esto ayuda a reducir la posible ansiedad relacionada con las tareas a completar y percibir estas de manera más positiva. Por otra parte, cuando comprendemos y reconocemos el impacto que nuestras responsabilidades tienen en otras personas, y entendemos cómo se sienten cuando no cumplimos con nuestros compromisos, puede motivarnos a completar nuestro trabajo de manera más eficiente.


Por último, nuestras habilidades sociales también desempeñan un papel importante en la gestión de la procrastinación. Por ejemplo, cuando trabajamos de manera colaborativa en un grupo, lo cual fomenta un sentido de responsabilidad mutua y nos motiva a cumplir con los plazos. Esto se ve impulsado por la retroalimentación y el apoyo que nos dan nuestros compañeros de trabajo. A esto hay que sumarle el poder de la comunicación asertiva, lo que nos permite poder expresar de forma clara y abierta nuestras prioridades y obligaciones a nuestros amigos y familiares, lo que facilitará su entendimiento.


Como vemos, la inteligencia emocional puede ayudarnos a superar la procrastinación y alcanzar nuestros objetivos de manera efectiva. Cada una de estas competencias emocionales incluye estrategias específicas que pueden incorporarse a nuestra rutina diaria para mejorar tanto nuestra vida personal como profesional.Con ellos, podemos aumentar nuestra eficacia en el trabajo y mejorar nuestro bienestar general.


Si estáis interesados en aprender más sobre la procrastinación y su conexión con la inteligencia emocional, puedes consultar los siguientes recursos:


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